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La huella ecológica es la medida del impacto de las actividades humanas sobre la naturaleza, representada por la superficie necesaria para producir los recursos y absorber los impactos de dicha actividad.

Es el área de territorio ecológicamente productivo -cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos- necesaria para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población definida, independientemente de la localización de esta área. Se tiene en cuenta el espacio ocupado por las infraestructuras, viviendas y equipamientos.

Según el último informe de la Global Footprint Network, con datos de 2018, “la demanda actual a escala global de nuestras actividades es de 2,7 hectáreas (ha) por persona, mientras que lo que el planeta puede suministrar se sitúa en torno a las 2 ha per cápita”.  Además, estos valores varían según las regiones del planeta: mientras EEUU tiene una huella ecológica de 8,12 ha per cápita y España de 4,39, Angola sólo tiene una huella ecológica de 0,86 ha por persona.

Esto significa que los habitantes de los países desarrollados estamos viviendo por encima de las posibilidades de regeneración ecológica y disminuyendo cada año la capacidad planetaria de sostenernos.




La unidad de medida es la hectárea global (hag.)